defiende el enfoque de género

LOS 100 AÑOS DE LA PUCP Y LOS 69 DE JAVIER

Publicado: 2017-04-05

La PUCP, acaba de cumplir 100 años de vida institucional al servicio de la educación superior en nuestro país. El 24 de marzo de 1917 la PUCP abrió sus puertas para convertirse en la mejor universidad del Perú, según lo señalan rankings nacionales e internacionales. 

Al respecto, es importante señalar que una de las actividades que la PUCP siempre ha promovido es la participación de los estudiantes en los asuntos de la universidad. Es más, la PUCP ha tenido épocas en las cuales sus Centros Federados y FEPUC se convirtieron en verdaderos espacios de reflexión y movilización política. A mí, por ejemplo, me tocó vivir una de esas épocas a inicios del nuevo siglo con apenas 17 años en la Facultad de Letras.

Hago esta referencia, ya que uno de los presidentes de la FEPUC más recordados en la historia de nuestra comunidad es, sin lugar a dudas, Javier Diez Canseco (JDC), quien coincidentemente también cumplía años un 24 de marzo. Como se recuerda, JDC nació el 24 de marzo de 1948 y falleció el 04 de abril de 2013. Por eso, a propósito del centenario de la PUCP, me parece oportuno recordar a JDC, como el joven presidente de la FEPUC, que luego se convertiría en uno de nuestros políticos más importantes de las últimas décadas.

Yo tuve la fortuna de conocerlo, así que el recuerdo que tengo de él está impregnado de cierta dosis de subjetividad. Mi recuerdo es el recuerdo personal de ese muchacho que a los 17 años empezaba a interesarse por el destino del Perú, de ese país al que JDC amó toda su vida. Porque hay que decirlo con claridad: a JDC le dolía el Perú, y ese dolor lo acompañó hasta su muerte.

Desde muy joven JDC debió aprender que la vida es una constante lucha, pues tuvo que enfrentarse a una enfermedad terrible desde su cuna. Sin embargo, a punta de esfuerzo y coraje, siempre salió adelante. JDC nos dejó hace 4 años, pero se fue de este mundo regalándonos nobleza y optimismo, pues quienes estuvimos al tanto de su mal, sabemos que hasta el último minuto de su existencia, él luchó con valor frente a ese enemigo terrible que es el cáncer. A pesar de ese dolor, JDC siguió preocupándose por los más pobres del Perú, prueba de ello son las últimas columnas que alcanzó a publicar en la prensa nacional, en momentos en los cuales la enfermedad le empezaba a ganar la batalla.

Personalmente, el nombre de JDC lo empecé a escuchar allá por la década del 90. En esa época, le preguntaba a mi padre por ese señor que levantando la voz con fiereza defendía los derechos de los obreros, maestros y campesinos. Mi padre, que fue durante mucho tiempo un libro de respuestas para todas estas inquietudes, me decía: el barbón que viste casaca de cuero es JDC y es un hombre de izquierda. Yo en ese momento no tenía ni la menor idea de lo que significaba ser un “hombre de izquierda”. Lo que sí sabía era que a este tipo flaco, de barba tupida y caminata renga, siempre lo veía en los noticieros marchando al lado de los que menos tienen. En otras palabras, JDC estuvo siempre de la mano de los que exigen todo, porque nada tienen.

El recuerdo y la imagen que de JDC tuve cuando era niño se fueron transformando con el pasar de los años. En el año 2000 yo ingresé a la Facultad de Letras de la PUCP. Esa fue la época en la que los estudiantes universitarios volvieron a las calles para defender la democracia. La autocracia fujimorista había ideado un plan para perpetuarse en el poder y prolongar su mandato. Sin embargo, muchas organizaciones sociales, partidos políticos, mujeres y hombres como JDC decidieron decir basta y empezaron a movilizar a la gente para derrocar a la dictadura que buscaba adueñarse de nuestro país.

Fue así como conocí a JDC en un conversatorio organizado por el Centro Federado de la Facultad de Letras de la PUCP. No se trataba de un evento de reflexión intelectual sobre la crisis política que atravesaba el país. Era más bien un espacio en el que los oradores, entre ellos JDC, arengaban a los jóvenes a asumir la responsabilidad histórica de salvar al país volcándose a las calles, caminado plazas y avenidas, portando banderas que expresaran a nivel nacional e internacional que la dictadura no pasaría y que los peruanos y peruanas, sobre todo los más jóvenes, no descansarían hasta recuperar su democracia.

De inmediato, JDC dejó de ser el tipo de casaca de cuero que veía en la pantalla del televisor, y pasó a convertirse en el político experimentado al que uno escuchaba con atención y respeto. Recuerdo que en varias oportunidades tomé nota de las reflexiones, apuntes y datos que él nos exponía. Lo hice pues quería corroborar la veracidad de tanta información. El resultado fue este: JDC además de ser un político comprometido con su causa era un tipo muy inteligente y de una cultura política digna de resaltar.

En mi caso, siempre sentí respeto por su prédica, pero como muchos otros, me fui alejando paulatinamente de su pensamiento, y terminé abrazando los principios políticos del liberalismo democrático. Una corriente ideológica, que según JDC (yo lo escuché decir esto más de una vez) únicamente servía para justificar la desigualdad existente en el mundo.

Pero volviendo a su trayectoria, debo resaltar que la suya no puede reducirse a su postura crítica frente a la autocracia fujimorista. La vida de JDC es la biografía de un hombre que jamás dejó de defender a los más pobres. JDC es sinónimo de lucha y defensa de los que más sufren. Además, JDC fue uno de los primeros políticos (sino el primero) en comprometerse públicamente con los derechos de las personas con discapacidad. Lo mismo hizo con los derechos de las minorías sexuales, en tiempos en los cuales nadie se atrevía a poner el pecho por esta causa. Además, JDC se caracterizó siempre por combatir frontalmente a la corrupción, sin tregua ni arreglo, porque con los corruptos no se transa, lo escuché decir siempre. ¿Cuántos enemigos se ganó JDC por atreverse a ser decente en un país envilecido por su clase política? ¿Cuántos de ellos aprovecharon cobardemente su muerte para cobrarse su revancha? Varios, muchos diría yo.

Finalmente, quiero terminar esta columna diciendo que con la partida de JDC el Perú perdió a uno de sus últimos políticos con brillo y clase. Polemista y orador diestro. JDC demostró toda su vida que a la política se la debe vivir con el corazón pero se la debe pensar con la cabeza. Para JDC la política era acción, pero también organización social e ideología que sustenta un programa político. Por todo esto creo que JDC no ha muerto, porque las personas como él jamás mueren mientras su imagen y obra permanezcan en el corazón y memoria del pueblo, y es que los políticos como él son los que siempre harán la notable diferencia en un país.

Abogado PUCP. Cuenta con un Post Grado y estudios de Maestría en Ciencia Política y Gobierno (PUCP). Profesor de Derecho Electoral, Ciencia Política e Historia de las Ideas Políticas en la Facultad de Derecho de la Universidad San Martín de Porres.


Escrito por

Rafael Rodríguez

Estudia, lee, investiga, enseña y escribe sobre Derecho Constitucional, Ciencia Política y Derechos Humanos.


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