no le saca la vuelta a la ley

HOMENAJE AL MAESTRO HENRY PEASE GARCÍA (Segunda Parte)

Publicado: 2017-03-27

En la columna pasada, teniendo en consideración las horas aciagas por las que atraviesa el Perú, consideré oportuno recordar al profesor Henry Pease como una persona que amó profundamente al Perú y a su gente, y por ello reproduje la primera parte del artículo de mi autoría titulado “El profesor Henry Pease. Nuestra última conversación”, escrito cinco días después de su fallecimiento, que ha sido publicado en el libro “Henry Pease García. La justicia de las Ideas”, gracias a la generosa invitación de sus editores Carlos Rivera y Mario Berrios, ambos sociólogos de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa.  

En esta columna, pasaré a reproducir la segunda parte del referido artículo:

Fue así como de reunión en reunión, intercambiando correos (académicos, institucionales y personales) mi relación con el profesor Pease se fue haciendo cada vez más cercana. ¿De dónde saca tiempo este hombre? Me pregunté más de una vez, sobre todo cuando con la mayor generosidad me citaba a su oficina a conversar, o como la última vez, cuando me dijo que me esperaba en su casa para almorzar y charlar sobre los dilemas personales que nunca alcancé a contarle -al menos no todos-, porque valgan verdades, el profesor Pease, era mucho más que un profesor universitario. El profesor Pease era también un consejero.

Así fue como mi afecto y admiración por él fueron creciendo. Y cómo no, si siempre tuvo un tiempo para los muchos -que como yo- recurríamos a él en busca de orientación y consejo. Hasta aquí, lo que les acabo de relatar, bastaría para recordarlo siempre como un hombre íntegro y generoso. Pero me parece justo -aunque sé que a él no le hubiera gustado que comente esto- dar a conocer el lado humano y compromiso solidario que él a lo largo de los años tuvo siempre con los que menos tienen en este país. Y lo haré a partir de una anécdota personal que nos tocó vivir hace apenas unas semanas.

Una compañera de trabajo, también politóloga de la PUCP, tuvo la noble iniciativa -junto a otro grupo de personas- de ayudar a una escuelita de la sierra central de nuestro país en la implementación de su biblioteca. Para ello, nos remitió un correo electrónico a todos los que posiblemente tendríamos la voluntad de colaborar en este esfuerzo.

Como algunos amigos saben, las bibliotecas han sido espacios en donde yo he experimentado momentos de gran felicidad y los libros –desde luego- son para mí los amigos fieles a los que a diario recurro en búsqueda de placer y cultura. Por ello, no dudé en pedirle a esta amiga que me permitiera difundir esta iniciativa entre los míos con el objetivo de aumentar la lista de colaboradores y donantes de libros. Fue así como el correo electrónico titulado: “Ayúdanos a implementar una biblioteca”, llegó a las bandejas de todos mis contactos.

Mayor fue mi sorpresa al darme cuenta que luego de apenas transcurridos algunos minutos desde el momento del envío, era el profesor Pease el primero en contestar el correo diciendo algo más o menos así: “Estimado Rafael, como sabes, yo no puedo ir a comprar los libros que aparecen en la lista que envías, por eso te pido que pases a la Escuela a recoger un sobre que está a tu nombre, y me hagas el enorme favor de comprarlos por mí. Recuerda que el miércoles te espero al término de mi clase para ir juntos a almorzar a mi casa y conversar sobre lo que me señalas en tu comunicación anterior”.

Le tomé la palabra al profesor Pease, y como me señaló en su correo, pasé a recoger su donativo, para luego, ya por la tarde ir a comprar los libros (todos los que pudiésemos) para la implementación de la biblioteca de esa lejana escuelita serrana. Al salir de la Escuela, lo vi subiendo a su auto, corrí para darle el encuentro y agradecerle por su noble gesto. Él estaba sentado en su automóvil, me miró sonriendo y me dijo: ¿Cuántos compraste? Yo le respondí diciendo que la compra recién la haría por la tarde. Fiel a su estilo pronunció la siguiente frase: “A este paso la implementamos el 2016, Rafael. Las cosas siempre se hacen para ayer”. Bueno, le dije, qué le parece si compramos novelas o cuentos de autores peruanos. A lo que él respondió: “¿En quién has pensado?” En Arguedas o Ribeyro, le dije. “Mejor Arguedas. El Perú ha cambiado, pero no para todos los peruanos. Leer a Arguedas sigue siendo una obligación en este país”, sentenció.

A la semana siguiente, retomamos la comunicación, respondía una comunicación mía haciéndome recordar que el otro miércoles nos debíamos reunir en la PUCP para ir juntos a su casa. El día llegó, yo debía pedir permiso en el trabajo para asistir a la cita, pero minutos antes de hacerlo, recibí una comunicación suya, en ella me decía que no se sentía bien y que debíamos dejar la reunión para la próxima semana. Ya no hubo próxima semana, pues entre las evaluaciones, los exámenes finales y la presentación de la Revista de Ciencia Política de la Escuela, el tiempo transcurrió y por eso nuestro almuerzo quedará eternamente pendiente.

Pero fue justamente este último evento -la presentación de nuestra revista- la última vez que pude verlo y saludarlo. Tengo varios recuerdos suyos, pero estoy seguro que en mi memoria quedará grabado sólo uno de ellos: Ese diálogo en el estacionamiento de la universidad, esa conversación sobre lo importante que sería para los estudiantes de esa escuelita serrana leer a Arguedas, porque el Perú había cambiado, pero no para todos los peruanos.

Termino la columna con esta frase: “Gracias profesor Pease, su clase en el estacionamiento de la PUCP no la olvidaré jamás. Y recuerde que todavía tenemos pendiente un almuerzo en su casa”.

Abogado PUCP. Cuenta con un Post Grado y estudios de Maestría en Ciencia Política y Gobierno (PUCP). Profesor de Derecho Electoral, Ciencia Política e Historia de las Ideas Políticas en la Facultad de Derecho de la Universidad San Martín de Porres.


Escrito por

Rafael Rodríguez

Estudia, lee, investiga, enseña y escribe sobre Derecho Constitucional, Ciencia Política y Derechos Humanos.


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